Portugaleten eraila, 1975eko urtarrilaren 20an

2016-02-02






La justicia, el tiempo, la memoria

El paso del tiempo condena al olvido la memoria de un país.
Arthur Miller (1915-2005), dramaturgo estadounidense.

Después de haber recurrido a la Justicia Española y al Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), el día 17 de junio de 2014 solicitamos a la Justicia Argentina la imputación del guardia civil Narciso San Juan del Rey, -que asesinó a nuestro hermano-, y la toma de declaraciones testimoniales de los testigos presenciales del hecho que solicitamos en la querella. Todo ello dentro de la querella contra los responsables de los crímenes de lesa humanidad y de genocidio cometidos durante la Guerra Civil y el Franquismo.

Un paso más, a pesar del desprecio de los herederos ideológicos del Franquismo, de la indiferencia de los partidos con responsabilidades de gobierno y de las dificultades y de las trabas por parte de los tribunales españoles. Un paso más intentando superar una ofensa sin olvidarla, intentando respetar la memoria de Víctor Manuel, Bittor, que ni podemos ni queremos olvidar.

Hablamos de la memoria, que se va diluyendo en el tiempo. Tiempo que fluye y pasa no solamente para los muertos, -para nuestros padres y nuestro hermano Ignacio-, sino también para los vivos, -hermanos, familiares y compañeros-, que esperamos que la justicia nos abra la puerta que nos permita recordar y honrar en paz a  los ausentes.

La Justicia Española y el TEDH, sabedores de nuestro sufrimiento y de que el tiempo pasa y que todo lo destruye, continúan con los ojos vendados. Ojos que no ven, corazón que no siente. Justicia conocedora de nuestras demandas; justicia sorda  que espera a que algún día desaparezcamos y que dejemos de evocar la memoria de nuestros seres queridos. Justicia convertida en injusticia.

Más de una vez nos han dicho que no era el momento, porque la situación política no era la más adecuada, o porque el delito ya había prescrito. Actualmente, indiferente, la justicia nos deniega el acceso, espera  a que pase el tiempo hasta que el tiempo se encargue de enterrarnos. El tiempo se llevó a nuestros padres y a otro hermano, a Ignacio.

“Que el pasado no condicione tu vida presente”, “Remover el pasado solamente provoca sufrimiento”, nos dicen. Pero, ¿de verdad les importa a la clase política y a la justicia españolas el asesinato de Víctor y nuestro sufrimiento?  No, y eso es terrible. Quieren que olvidemos a nuestro hermano, quieren que Bittor desaparezca de la memoria social, como si su ausencia perteneciese a un pasado que hay que borrar.
Pero es una ausencia muy actual, que está muy presente en nuestras vidas. Se trata de una ausencia aún más dolorosa, porque no fue provocada por un hecho natural, sino por algo que no debería de haber sucedido y cuya falta de reparación nos hace difícil vivir en el presente. Por ello murió Ignacio, porque no pudo soportar ni la pérdida de su hermano mayor, ni que se hiciese a Víctor responsable de su propia muerte, ni el desamparo de la justicia.

La Justicia Española espera que dejemos de reclamar por un hecho que la familia consideramos injusto. Un hecho injusto reprobable ética y moralmente, también en la cada vez más difuminada memoria social, que debe ser declarado injusto en la memoria jurídica. Muchas veces hemos dicho que, aun sabiendo como sucedió el asesinato de nuestro hermano y que la verdad es conocida socialmente, es necesario que esa verdad  y memoria sociales coincidan con la verdad y la memoria jurídicas.

Porque aunque el reconocimiento social es importante (gracias a los familiares, amigos, compañeros militantes de Víctor, gracias a los testigos presenciales del asesinato por su testimonio, a la asociación memoralística de Sestao “Gogoan Sestao Elkartea”y a tantos y tantos otros), es necesario el reconocimiento jurídico. Y para ello, nosotros, que hemos elegido el camino de la justicia, exigimos a la misma que no niegue la realidad de lo sucedido y que se pronuncie, que reconozca y declare que aquel hecho debería haber sido evitado, que nos ayude en relación con nuestros recuerdos, que nos ayude a mantener viva la memoria de nuestro hermano y compañero, que no le empuje hacia el olvido. Ni nuestro hermano, ni los familiares, ni los amigos, ni la sociedad somos merecedores de que se trate a Victor como culpable, responsable de su muerte, y de que se le condene al olvido.  Si así fuese, consideraríamos a la Justicia Española cómplice de las atrocidades cometidas por aquel Régimen, de unos hechos no tolerados socialmente, y en negadora de una memoria que configura nuestras vidas.

Pedimos a la justicia que determine que aquel hecho no debería haber sucedido. Porque si la memoria jurídica no reconoce aquel hecho como algo injusto, seguirá contaminando nuestro presente y seguirá resultandonos insoportable vivir en él
.
La memoria jurídica tiene que acoger la verdad sobre aquel suceso, en el que un inocente murió de muerte violenta, víctima de un Régimen en el que se cometieron miles de delitos de lesa humanidad, que continúan sin reparación. La memoria jurídica tiene que hacerse cargo de que un acontecimiento que no debería haber sucedido nunca, truncó un proyecto de vida y condicionó negativamente los nuestros.
Pero no es suficiente. La justicia ha de dar un nombre al asesino y a la víctima y ha de condenar los hechos. Queremos que la justicia no manipule la historia, que tenga en cuenta el pasado, que desborde los límites temporales y espaciales, y que reconozca la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad y la jurisdicción de la Justicia Universal y de los tribunales internacionales.

Cada vez que hemos solicitado un pronunciamiento sobre aquel suceso, la justicia nos responde que aquel posible asesinato ya ha prescrito y que, en todo caso, no se trata de un crimen de lesa humanidad. Cada vez que solicitamos amparo, la justicia nos lo deniega, lo que supone un nuevo asesinato de nuestro hermano. “Olvidaos”, “No es el momento”, “Ya no hay tiempo”, nos dice una y otra vez. Ya han transcurrido más de 40 años desde el 20 de enero de 1975 y nunca ha habido un momento propicio para hacer justicia.

No queremos olvidar, porque el olvido supondría una nueva condena a muerte de nuestro hermano. Víctor murió, pero sigue vivo en nuestra memoria. Y queremos que, aunque no esté presente físicamente, también viva en la memoria social y en la memoria jurídica. Ello nos ayudará a superar la ofensa.
Nuestro hermano Ignacio no la superó porque no pudo concebir un presente sin Víctor. Para nosotros, tampoco es igual el presente sin ellos.

Hemos buscado justicia en el estado español y en Europa, pero solo hemos recibido desprecio, humillación e indiferencia. La imputación de Narciso San Juan por la Justicia Argentina y la condena de un Régimen y de unos hechos que nunca debieron haber ocurrido ayudarían a rehabilitar la memoria de nuestro hermano. Pero el tiempo pasa.

Damnatio memoriae, no.


Mariefi, Fermín y María José, hermanos de Víctor Manuel Pérez Elexpe

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